El veneno en la historia

Hace poco más de ocho años del asesinato del ex agente del KGB Alexander V. Litvinenko, la causa de su muerte: envenenamiento por polonio, una sustancia obtenida en un reactor nuclear tras bombardear con electrones otros elementos. A lo largo de la Historia se han utilizado otras sustancias mucho menos sofisticadas pero con un objetivo común: eliminar a una persona...




“Bocca di Leone” usada para denuncias secretas. Palacio Ducal de Venecia, Italia. La traducción del texto: “denuncias secretas contra todo el que quiera ocultar favores y servicios o se coluden para ocultar el verdadero ingreso de ellos”.

El origen:

Hay que retroceder a la Edad Antigua para encontrar los primeros venenos, utilizados como herramienta de caza para acelerar y asegurar la muerte del animal. Los registros egipcios que se tienen se fechan en el año 300 a. C., aunque se cree que el faraón Menes de la Dinastía I ya los conocía. Usaban sustancias procedentes de plantas como la belladona, la cicuta, las adelfas y el ricino, pero ya tenían conocimientos del cobre, plomo, opio, antimonio y la mandrágora. Los sacerdotes que participaban en la momificación encendían antorchas empapadas con cianuro para envenenar el aire de la habitación antes de sellarla y así evitar que entraran a profanarla. Sumerios, griegos, romanos y chinos emplearon arsénico, y muestra de ello lo encontramos en la biblioteca del palacio de Asurbanipal en Nínive, donde se describe su uso.

Sócrates fue obligado a ingerir cicuta tras ser acusado de corromper a la juventud y serán los propios griegos los primeros en utilizar la palabra “tóxico”. Muchas de estas sustancias han tenido un uso medicinal e incluso cosmético, utilizando el propio Hipócrates sulfuro de arsénico para curar úlceras. Ya en la Edad Media, la alquimia lo utilizó para elaborar una píldora de la inmortalidad (que obviamente no encontraron) y para convertir los elementos en oro (empresa que tampoco tuvo mucho éxito, lástima).

En la Antigua Roma:

Plinio el Joven llegó a describir más de 7.000 venenos y durante el Imperio romano su uso se extendió de tal manera que se convirtió en una obsesión entre las clases dirigentes, quienes contaban con la figura del praegustator, encargado de probar la comida de los señores. No solo eso sino que entre las mujeres que querían eliminar a sus maridos les untaban el pene con un lubricante de aceite y estramonio con la excusa de aumentar el placer sexual. Claro está que, no solo no aumentaban su potencia sexual sino que comenzaban a quedar aturdidos, presentando alucinaciones hasta que morían. Nerón tenía contratado un envenenador personal para ayudarle a eliminar a sus víctimas, entre ellas muchos parientes suyos, teniendo en el cianuro su veneno preferido. Incluso mandó morir a Séneca, su tutor y consejero, ingiriendo cicuta. Este, además de ejecutar la orden del Emperador se cortó las venas para acelerar su muerte. El predecesor de Nerón, el emperador Claudio, tenía debilidad por las setas y supuestamente fue envenenado con un tipo de hierba u hongo, quizás una amanita phalloide, siendo Agripinila la principal sospechosa de su muerte, aunque existe mucha controversia en ello al igual que en las defunciones de Domiciano y Caracalla, otras posibles víctimas ilustres de envenenamientos.

En el Renacimiento:

La búsqueda del veneno ideal, el “arma del cobarde” como se le conocía históricamente, siempre ha perseguido dos máximas: ser letal y no dejar huella. Los árabes son los que se acercarían más en dicho propósito al elaborar el arsénico inodoro y transparente, la panacea de los venenos hasta entonces. Será durante la Edad Media cuando aparecerán vendedores de pociones y venenos creándose una especie de paranoia a ser asesinado con este método y usándose todo tipo de amuletos para debilitar su maléfico efecto o vendiendo curas mágicas por parte de los médicos. A mediados del siglo XV se creó en Venecia el “Consejo de los Diez”, algo así como una organización policial que disponía de un baremo de precios para el envenenamiento de “indeseables” y cuyo valor dependía de la clase social y la dificultad para acceder a ellos.

Es en el Renacimiento cuando puede hablarse del “arte de envenenar” siendo maestros indiscutibles los Borgia, que utilizaron una poción, La Cantarella, inspirada parece ser en el arsénico y conocida así por los gritos y convulsiones que provocaba en la fase final del envenenamiento. Se cometieron tantos envenenamientos que casi se podía hablar de epidemia, creándose incluso escuelas donde aprender la técnica para ser un buen envenenador. Entre ellos destaca Teofanía d´Adamo (La Toffana) alumna aventajada al atribuírsele más de 600 asesinatos por encargo durante el siglo XVII, entre ellos dos Papas. Se marcó tendencia creando un nuevo mercado rodeando al arsénico: el de las mujeres que querían “librarse” de sus maridos.

De Italia pasaría a Francia donde el 80% de los envenenamientos se producirían también por arsénico, creándose una especie de tribunal especial para esta causa. Se estima que en 1570 habrían en París unas 30.000 personas que usaban o tenían algún tipo de conexión con los venenos. Aunque es difícil de confirmar, se piensa que Enriqueta de Inglaterra y el duque de Saboya murieron envenenados al igual que Napoleón, aunque los elevados niveles de arsénico encontrados en los cabellos del Emperador eran altos desde niño desmontando así la hipótesis. En España, María Luisa de Orleans, esposa de Carlos II, fue asesinada con su buena dosis de veneno, y el sobrino nieto del rey, el príncipe Jose Fernando de Baviera, sucesor de su corona, murió a los seis años de manera súbita y sospechosa.

Encontramos otros casos sospechosos en la muerte de Mozart, pero las últimas investigaciones parecen descartar que muriera envenenado y mucho menos por Salieri. Otros ilustres personajes (algunos más contemporáneos a nosotros) sobre los que planea la sospecha son: Rasputín, Lenin, Marilyn Monroe,  Yúshenko…

En el siglo XX: 

En la Primera Guerra Mundial apareció el gas mostaza, introducido por los alemanes en el año 1917. Las consecuencias de su exposición por inhalación o por el contacto con la piel producían unas ampollas tan terribles y profundas que incluso podían llegar al hueso.

El uso del arsénico decae a partir de 1836, fecha en que James Marsh descubre un método para su detección. En la actualidad disponemos de medios para detectar en el cuerpo cualquier veneno, aunque los que dejan más rastro son los metales pesados como el antimonio, el talio y el arsénico. El problema que se encuentra la ciencia forense es el hecho de que los neurotóxicos son volátiles y cualquier alcaloide de síntesis en 24 horas desparece del organismo.

Efectos en el organismo: 

El veneno más usado a lo largo de la historia ha sido el arsénico junto con el plomo y el mercurio, y aunque ya insinué los efectos que producen el antimonio y el arsénico permitidme añadir algún dato más de otros dos tóxicos:

Las semillas del ricino (higuera del diablo) se conocen con el nombre de ricina y es uno de los venenos más peligrosos que se conocen. Originario de África, está muy difundido en otras zonas templadas e incluso en América. Es mortal, basta un milígramo de ricina para producir la muerte, y muy difícil de detectar. Su toxina hace que la sangre se espese produciendo vómitos, diarreas y dolor abdominal a las pocas horas de ingerirlo.
La aconitina es otra sustancia que adquirió importancia tras su estudio por Grigori Mairanovski, conocido también como el Profesor veneno o el Menguele ruso. Se encuentra sobre todo en la raíz de las plantas Aconitum siendo la administración vía digestiva la más utilizada. La ingesta de un milígramo provoca que la persona tenga la sensación de que su cabeza aumenta de tamaño desproporcionadamente propagándose al resto de su cuerpo, además de tener náuseas, vértigo, calambres. Con dos milígramos se añade una arritmia cardíaca que provoca finalmente la muerte estando la víctima en todo momento consciente de ello.