Alquimia : La química de los Dioses

El hombre siempre ha tratado de explicar los fenómenos que le rodean de una forma u otra. Las primeras civilizaciones explicaban la naturaleza mediante mitos y leyendas protagonizadas por un sinfín de dioses que desempeñaban todo tipo de labores a la sombra, con tal de dar respuesta al enigma del funcionamiento del universo. Más adelante aparecerían las primeras religiones monoteístas que atribuyen todo el mérito de la creación de la máquina cosmológica a un único y todopoderoso Dios que, a modo de arquitecto o relojero, fue el encargado de delinear la realidad y mantenerla en funcionamiento. Paralelamente, y desde la civilización griega, las ciencias naturales han tratado de establecer un sistema que permita describir y comprender qué mecanismos son esos que rigen el mundo y, de un modo más ambicioso, como acceder a ellos para poder controlarlos.

Antes de que la ciencias modernas se consolidasen tomando el relevo en la labor de desenmascarar esas leyes, existía una disciplina que aunaba todo un abanico de conocimientos milenarios (filosofía, química, física, cábala, astrología, medicina, metalurgia...) con un fin tan elevado como codiciado; alcanzar la perfección absoluta. Se trata de la alquimia....



La palabra alquimia, procede del vocablo árabe al (de Dios) y la palabra griega khumeia (verter, mezclar...). Sus metas son alcanzar la perfección de la materia inerte; mediante el ennoblecimiento de los metales, la materia viva; buscando la panacea universal que cura todos los males y proporciona la inmortalidad; el intelecto y el espíritu, mediante la consecución de la omniscencia (concimiento absoluto de todas las cosas). Todas estas propiedades las proporciona un misterioso compuesto conocido como la piedra filosofal, en torno a cuya búsqueda centraron su investigación los alquimistas durante milenios. La "receta" para la creación del lapis philosophorum queda registrada en la "Tabla de Esmeralda"; 13 breves preceptos atribuidos al legendario creador de la alquimia, Hermes Trimegisto, en los que de forma críptica y simbólica se condensa el secreto de las transmutaciones; las copias más antiguas que se conservan de la misma proceden de textos arábigos datados en el 650 d.C. El pasaje VIII dice así: "Usa tu mente por completo y sube de la Tierra al Cielo, y, luego, nuevamente desciende a la Tierra y combina los poderes de lo que está arriba y lo que está abajo. Así ganarás gloria en el mundo entero, y la oscuridad saldrá de ti de una vez". Las meras reacciones químicas no son capaces de sintetizar esta extraordinaria sustancia, ya que se considera que está a medio camino entre el mundo físico y metafísico, por ello la alquimia escudriña en los aspectos filosóficos y místicos para poder producirla; es por tanto la química de lo divino.

Para proteger su legado de aquellas personas malintencionadas, los alquimistas solían ser extremadamente criptográficos en sus registros, no estaban diseñados para que cualquiera pudiese lograr completar la Gran obra, si no que los misterios alquímicos sólo serían revelados a aquellos que primero hubiesen transmutado su alma purificándose. Por eso escondían sus secretos mediante complejas cadenas de referencias ocultas tras imágenes alegóricas recopiladas en expresiones artísticas de grabados, pinturas, detalles arquitectónicos... Los secretos eran transmitidos de maestro a discípulo en una única línea sucesoria, reduciendo su conocimiento a los gremios de alquimistas o a aquellos de mayor erudición en su época. Esto ha dificultado, no sólo el acceso de los profanos a las técnicas alquímicas, si no también la investigación histórica de la misma, la cual puede llegar a ser de gran dificultad debido a la falta de referencias claras y el hermetismo, valga la redundancia, propio de los practicantes de la alquimia. 

El arte de la transmutación se basaba en la creencia de que todas las sustancias estaban formadas por una combinación de mercurio, azufre y sal. Los alquimistas trataban de disgregar la materia en estos tres componentes, para purificarlos por separado mediante distintas operaciones alquímicas y luego volver a conformar la sustancia anterior, la cual adquiría propiedades especiales. El producto resultante recibía el apelativo de "filosófico" o "nuestro", aunque a veces se omitía esto último dando por sentado que el experimentador ya sabe que no se trata de materia común, por ello cuando los alquimistas hablan de azufre, mercurio etc... no están haciendo referencia al elemento de la tabla periódica si no a algún compuesto tratado previamente. Estas operaciones se realizaban sobre los tres reinos  con los que trabajaban los alquimistas: El mineral, el vegetal y el animal. En este orden, el camino a la iluminación pasaba por el dominio del arte del perfeccionamiento del cosmos, desde la materia inerte hasta la materia viva, consiguiéndose a su vez la perfección espiritual. El afán por comprender la naturaleza de estos fenómenos sentó las bases de la ciencia experimental, logrando grandes avances y descubrimientos durante su búsqueda alquímica; muchos de los procedimientos y artilugios utilizados en el ars chimica se mantendrían posteriormente en las ciencias modernas, dejando todo un legado para la actual metalurgia, química, medicina...


Para obtener el lapis había varias vías, se consideraba que para poder transmutar oro había que buscar un material que permitiese mezclar eficazmente mercurio y azufre (que se asociaban al mundo espiritual y material respectivamente), pero no se llegaba a consenso en cuanto a que material de partida era mejor o, ni siquiera, que características físicas tenía la piedra. Generalmente se le atribuía un aspecto amorfo, cristalino y rojizo; se hablaba de la impregnación de un vidrio con un gas o plasma que conformaba el Opus magnum. Se conservaban los fragmentos obtenidos cubriéndolos de cera, para posteriormente activarlos con fuego y finalmente ennoblecer el metal de partida (generalmente plomo) introduciendo la piedra en un crisol que contuviese la materia prima fundida. Para la consecución de la Gran obra era necesario un buen sustento económico y mucha paciencia, ya que las llamas del fuego alquímico debían arder durante mucho tiempo, hay quien dice que años, iniciándose el proceso en la primavera al tratarse la época de mayor génesis de vida y considerándose entonces que había más energía vital en el ambiente; energía indispensable para la creación de la piedra. Estas reglas en referencia a los momentos propicios para realizar una operación alquímica, se deben a su íntima relación con la astrología griega, la cual consolidaba por si misma un arte perdido repleto de asociaciones entre los cuerpos celestes, los minerales etc... Citando de nuevo la Tabla de Esmeralda, esta vez su segundo principio: "Lo que está más abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno". Esto último resulta de importancia capital para la espagiria, la parte de la alquimia que se dedicaba a la creación de medicamentos mediante el uso de plantas y que supondría el nacimiento de la farmacología; de omitirse el aspecto astrológico se afirmaba que no se podría garantizar la efectividad del remedio preparado.

Desde el punto de vista histórico existen dos grandes vertientes del conocimiento alquímico; la china y la occidental, en la que profundizaré con más detalle. La alquimia china centraba su estudio en la medicina, por lo que su mayor ambición era descubrir la panacea; estaba fuertemente ligada al taoísmo por lo que sus principios teóricos se basaban en los cinco elementos de la naturaleza (fuego, aire, agua, tierra y el quinto elemento), ,el equilibrio del Ying y el Yang, la manipulación del Qi (nombre que dan los chinos a la ya mencionada fuerza vital)... suponiendo así el principal sustento de la medicina tradicional china. La alquimia india también destaca por su importancia y sus aportes a la medicina tradicional india, pero de esta última se conoce más bien poco.

El origen de la alquimia occidental, al igual que muchas otras disciplinas como la magia, se remonta al antiguo Egipto; de donde quedan vestigios de la aplicación de técnicas químicas desde el año 4000 aC. para, por ejemplo, crear yeso, cemento, vidrio... En su misticismo se entrelazaban la medicina, la alquimia, la magia y la metalurgia formando conjuntamente el sustrato práctico de su ancestral religión. Si bien se considera que el faraón Keops fué el primer alquimista de la historia, según la tradición egipcia, el dios Tot (deidad de la sabiduría y patrón de los magos) fundó la alquimia y se la entregó al hombre dentro de "Los 42 Libros del Saber" que abarcaban todo el conocimiento que poseían los sacerdotes egipcios; Platón hace referencia a ellos en "Timeo y Critias", donde comenta que en el templo de Neit, en Sais, se hallaban unos registros de 9000 años de antigüedad que contenían los secretos de las doctrinas sacerdotales egipcias. En algún momento de la historia, la figura de Tot se humanizó dando lugar a Hermes Trimegisto (nombre dado por los autores helénicos), figura también identificada con Abraham (según los textos bíblicos) o Enoc (según la tradición musulmana); de este modo no se sabe si Hermes tuvo base en un personaje real mitificado posteriormente o si simplemente se trataba de un gran conglomerado de arquetipos de las figuras pertenecientes a la mitología de diferentes culturas. En los textos atribuidos al legendario sabio se detalla el arte de animar estatuas para que pudiesen hablar y realizar profecías; sienta las bases de la alquimia y la magia; nos dice que mediante el dominio del mundo interior al ser humano, se puede controlar el macrocosmos por medios antinaturales; muestra un concepto panteísta de Dios y el universo, aunándolos en un único concepto, pero también habla de dioses que están en la tierra (en una montaña cerca de Libia según su obra "Ascelpio") siguiendo en la línea de la teología egipcia. En definitiva, en su papel de deidad civilizadora, al modo de Prometeo, pone a la disposición del hombre la ciencia divina.


Las obras de Hermes, al igual que la mayoría de textos alquímicos egipcios, nos han llegado a través de copias realizadas en el periodo helenístico; ya que en el 292 dC. el emperador Diocleciano ordenó la quema de los libros que contenían el "arte egipcio de fabricar oro y plata" en Alejandría, la cual era el centro cultural del mundo occidental en aquel momento. Es en esta ciudad donde entran en contacto la cultura griega y egipcia y también donde el conocimiento hermético se entremezclaría con las nuevas ideas de las escuelas griegas. De este modo se incluirían las doctrinas pitagóricas de la numerología, el estudio de los fenómenos naturales propio de la escuela jónica de Mileto, el empeño en la exploración filosófica como fuente de conocimiento de Platón y Aristóteles... Se introduce también la teoría de Empédocles de que toda sustancia está formada por cuatro elementos fundamentales que se rarifican, de mayor a menor sutileza, en el siguiente orden: fuego, aire, agua y tierra.

Posteriormente el imperio romano, al igual que con muchas otras materias, adoptaría las doctrinas alquímicas griegas uniéndolas definitivamente con las egipcias en lo que pasaría a ser el culto hermético. Después de los caóticos acontecimientos cercanos a la caída del imperio romano, como la destrucción de la biblioteca de Alejandría, donde se perdió gran parte del saber antiguo, llegaría un resurgimiento inesperado de la alquimia en el mundo islámico donde, como ocurriría con otras ciencias, prosperó durante los siglos venideros con descubrimientos como la destilación en alambique, el ácido sulfúrico, la sosa... Se habló, por vez primera, de la investigación alquímica centrada en la creación artificial de vida; se determinaron las cuatro cualidades de la materia con que trabajarían los alquimistas posteriores (calor, frío, sequedad y humedad) y se estableció una compleja numerología asociada a los nombres de las sustancias; similar a la gematría propia de la cábala hebrea.

Volviendo de nuevo la vista al continente europeo nos encontramos con que la alquimia tiene buena cabida en el cristianismo, dado el patrimonio que ambos compartían de la cultura greco-romana. Durante la búsqueda de un marco teórico en la filosofía del cristianismo que permitiese conciliarlo con las teorías platónicas y aristotélicas se produciría a su vez una asimilación de la alquimia. Dichas ideas entrarían a Europa a través de los contactos con la cultura árabe, siendo España un puente clave entre ambos mundos.

El Papa Silvestre II (999-1003) fue una figura tan crucial como controvertida; hombre de vasta erudición y polímata diestro en prácticamente todas las disciplinas que cultivó, se nutrió de los conocimientos árabes en matemáticas y astronomía durante sus viajes por la península ibérica. A pesar de ser conocido como "la luz de la Iglesia y la esperanza de su siglo", también fue acusado de nigromante y se rumoreaba que tenía un pacto con el diablo quien, además de ser la fuente de su asombroso genio, le proporcionó un súcubo que, presa de un irresistible amor hacia el sabio, renunció a su inmortalidad para vivir con él como su concubina particular. Todos estos mitos venían infundados por los conocimientos místicos, alquímicos, cabalísticos, astrológicos y mágicos que Silvestre II adquirió en su contacto con Al-Ándalus y otras excentricidades, inimaginables en su tiempo, como haber realizado una lectura en árabe del Corán, o los rumores de que construía cabezas parlantes de oro que le daban consejo cuando él lo requería; probablemente basadas en las indicaciones de la literatura hermética. En cualquier caso, su papel como nexo entre las culturas islámica y cristiana es incuestionablemente determinante debiéndose a él la introducción del número cero, los decimales, el astrolabio y muchos otros avances provenientes del mundo árabe.

Poco después, los pensadores cristianos comenzarían a desviar su filosofía de los principios establecidos por San Agustín. Durante los dos siglos siguientes, estudiosos como San Anselmo, Pedro Abelardo, Robert Grosseteste, Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino allanarían el camino para que las teorías de Aristóteles se asentasen, fijando así la base teórica del cristianismo e impulsando a su vez el estudio de las ciencias experimentales como una forma de conocer a Dios.

Ya en el siglo XIII Roger Bacon (1214-1294) alcanzaría la culminación de este método de trabajo dejando tras de sí un importante legado científico que sería empleado por los miembros del clero hasta el siglo XIX. De entre sus investigaciones se encontraba, como no, la búsqueda de la piedra filosofal y su uso como herramienta para dotar de longevidad al ser humano; de este modo, a finales del siglo XIII, la alquimia era ya una ciencia respetada, considerada por la iglesia como un buen método para desarrollar la teología y basada en un sistema de creencias sólidamente estructurado.

A inicios del siglo XIV destaca el trabajo de Juan de Rupescissa quien centró su investigación en la "quintaesencia"; en su búsqueda de una sustancia pura, incorruptible y perfecta que ayudase a la preservación del cuerpo humano. Rupescissa concluyó que esta qüinta essentia, era el "espíritu de vino" que se obtenía en forma de aqua ardens (aguardiente) tras realizar muchas destilaciones de un vino de calidad. Llegó a esta conclusión basándose en la teoría aristotélica del éter, quien consideraba que era un elemento más sutil y ligero que los cuatro elementos y que, al pertenecer a las esferas superiores, era más perfecto.

Sin embargo los trabajos de Guillermo de Ockham dejaron de manifiesto que fe y razón no podían ir de la mano; al tratarse Dios de algo sólo accesible mediante la fe se consideró la experimentación como un camino erróneo para el conocimiento de la teología. Así en 1317, el Papa Juan XXII publicó el Spondet quas non exhibent, un edicto que retiraba de la práctica de la alquimia a todo miembro de la iglesia. No obstante, se rumorea que el propio Papa, al igual que alguno de sus predecesores, era un alquimista consagrado y que en una obra conocida como el Ars transmutatoria describe como fabricó 200 barras de oro.


Nace así una nueva generación de alquimistas, el conocimiento que hasta ahora había permanecido restringido a los esclesiásticos pasa ahora a otros círculos de la sociedad; uno de los mejores ejemplos es Nicolas Flamel (1330-¿1418?). Durante la Guerra de los Cien Años, Flamel trabajaba como librero en París; en 1355 recibió un grimorio alquímico que tardó 21 años de su vida en descifrar. Para desentrañar sus misterios viajó a España donde consultó con muchos cabalistas reputados, hasta que dio con el Rabí Maestro Canches, quien identificó el libro como el Aesch Mezareph del Rabí Abraham. En 1382 regresa a París donde ordenó la construcción de una casa y, a pesar del modesto sueldo de un librero en aquella época, comenzó a financiar capillas, asilos y hospitales; llegando su fama a los oídos del rey Carlos VI de Francia quien le pidió que le fabricase oro para las arcas del estado. A pesar de los indicios de que Flamel había logrado completar el Opus magnum se registró su muerte en 1418 y la de su mujer en 1410. No obstante, ante los rumores de que se les había visto con aspecto jovial en distintos lugares que incluían la India y Turquía, se decidió exhumar las tumbas aunque, para sorpresa de todos, no hallaron cuerpo alguno; los sepulcros estaban vacíos... halló tal vez Flamel el lapis philosophorum?

La discusión filosófica acerca de la alquimia en el renacimiento, ahondaría en la cuestión dando lugar a diferentes posturas; había quien consideraba que la piedra era tal cual se describía en la alquimia clásica y que Nicolas Flamel pudo haber hecho uso de ella tanto para amasar su fortuna como para convertirse en inmortal, por otro lado estaban los que consideraban que el lapis servía para ennoblecer los metales pero que la panacea era una cosa distinta y por tanto su descubrimiento debía seguir un camino distinto. Finalmente estaban aquellos que consideraban que ninguna de las afirmaciones era cierta y que todo era una alegoría acerca del perfeccionamiento espiritual que se alcanzaba mediante el estudio de la alquimia; reduciendo pues todo ello a un sistema filosófico al margen de indagaciones experimentales.

En este caldo de cultivo propicio para el resurgimiento de esta ciencia, Enrique Cornelio Agrippa (1486-1535) fundaría su propia teoría alquímica combinando distintas creencias místicas. El médico alemán se centró en el estudio de las ciencias ocultas, lo cual le llevó a una vida de nomadismo por Europa siendo perseguido por sus controversias. Combinó exitosamente el neoplatonismo renacentista con las doctrinas mágicas tradicionales, la astrología, la medicina y la filosofía natural. Todos estos conocimientos se condensan y respaldan teóricamente en su obra De occulta philosophia libri tres (1533). Consideraba que tanto el ser humano, como los animales, las plantas, los minerales e incluso los cuerpos celestes tenían alma. En su visión animista del mundo la magia ritual y la astrología tenían un papel fundamental; ya que permitían conectar con esas esferas de la existencia e interactuar con ellas, al considerar que todo estaba unido a través de una especie de jerarquía de almas.

En contra de la visión ocultista de la alquimia que proponía Agrippa tenemos a Theophrastus Bombast von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso (nombre que el mismo se atribuyó soberbiamente haciéndose comparar con el médico romano Celso), una figura excepcional en la historia de la medicina y también, de la alquimia. Siguió considerando el cuerpo humano como un microcosmos del universo, pero llegó a la conclusión de que este estaba disgregado del macrocosmos siguiendo su propio orden; el Astrum in corpore. La variación de los equilibrios minerales y de los cuatro humores clásicos (colérico, melancólico, sanguíneo y flemático), a los que él asoció cuatro sabores fundamentales (dulce, amargo, salado y ácido), hacían que el cuerpo enfermase. Fue también el padre de la ya mencionada Espagiria, afirmando así: "Muchos han dicho que la alquimia es para fabricar oro y plata. Para mi no es tal el propósito, sino considerar sólo la virtud y el poder que puede haber en las medicinas". Por lo tanto, para sanar el cuerpo era necesaria la utilización de remedios químicos extraídos de minerales y vegetales que permitiesen mantener la correcta armonía del cosmos del cuerpo. A pesar de ser conocido como "el Lutero de la medicina" debido a sus innumerables aportes, que permitieron acercar la ciencia médica a una vía más exhaustiva y cercana al, todavía desconocido, método científico; se granjeó enemistades por doquier dada su arrogancia y su indebida fama de hechicero. Estas discordias se debían a que se le atribuyó la transmutación de plomo en oro y a que sostenía la afirmación de haber creado vida artificialmente; tomando únicamente semen y sangre como materias primas. El homúnculo que Paracelso afirmaba haber engendrado, era antropomorfo y, según él, se podía educar como a cualquier otro niño. Tras años de servicio acabó destruyéndolo, arrepentido al pensar que resultaba moralmente ofensivo crear un ser sin alma; sus detractores le acusaron de creerse Dios.

Después de los años de persecución y tras el crisol del renacimiento, en los siglos XVI, XVII y XVIII la alquimia se extendió por las cortes de Europa como la pólvora; todo personaje influyente y adinerado contaba con, al menos, un alquimista a su servicio. En 1580, el emperador del Sacro Imperio Romano, Rodolfo II, contaba con 200 alquimistas a su servicio que trabajaban en un callejón cercano a su palacio de Praga al que llamaban la "callejuela del oro". El respaldo económico de la clase alta era un arma de doble filo; por un lado la alquimia contaba con los medios económicos y materiales necesarios para poder realizar sus investigaciones holgadamente; por otro lado la codicia de algunos nobles, unida al hermetismo de los alquimistas y sus reservas a revelar los secretos de su arte, llevó a muchos de ellos a ser brutalmente torturados o ejecutados, llevando a algunos al exilio, ya familiar para el gremio desde la baja edad media. Pero no siempre se trataba de castigos injustos, ya que en aquella época proliferaron los charlatanes que se hacían pasar por alquimistas para poder vivir a expensas de algún soberano acaudalado que los mantuviese; siendo un ejemplo claro Edward Kelley (1555-1597), quien murió tratando de huir de la prisión en la que fue confinado por, el ya mencionado, Rodolfo II.

Aparece en este punto culminante en la historia de la química divina un misterioso personaje conocido como el Conde de Saint Germain (¿1696?-¿1784?). No se sabe con certeza el lugar ni la fecha exacta de su nacimiento, aunque se cree que podría haber nacido en un casitllo de los Cárpatos; siendo hijo de Francis Rákóczi II, el último rey de Transilvania, lo cual podría explicar su inmensa fortuna. Adoptó gran cantidad de nombres: caballero de Schoening, príncipe Rackoczy, general Welldone, marqués de Montferrat, Solrikov, conde de Belmar... la lista es interminable. De él se dice que siempre llevaba una gran cantidad de pequeños diamantes que usaba a modo de moneda; era un hombre cultivado y de gran intelecto, tocaba el violín espléndidamente y dominaba a la perfección ocho idiomas (latín y sánscrito entre otros), poseía una habilidad innata para la política y la diplomacia, lo cual le permitió ganarse la confianza de algunos de los hombres más poderosos de la Europa de aquel entonces. Aseguraba pertenecer a la Soberana Orden de los Caballeros de Malta, donde se inició en el estudio de la alquimia, cuyos conocimientos continuó acrecentando en sus constantes viajes por el Tíbet, África, Turquía... Nunca se establecía en un lugar fijo y migraba de corte en corte por toda Europa, en las que servía en misiones diplomáticas. Se dedicó a su vez a instalar laboratorios en las distintas ciudades y países que visitaba (París, Viena, Londres, Holanda...), produciendo cosméticos y elixires rejuvenedores que incrementaron todavía más su fortuna y, a su vez, su fama de embaucador.

Las historias le relacionan con gran cantidad de acontecimientos trascendentes de la Europa de la segunda mitad del siglo XVIII. Se dice que curó de forma inesperada al mariscal francés Belle Isle, que en 1768 fue nombrado oficial del ejército ruso y consejero del conde Alexei Orlov de Rusia, que colaboró con Adam Wishaupt en la creación de los Iluminati de Baviera... registros históricos recogen la historia de como, con una edad aparente de unos treinta años, al encontrarse con una anciana afirmó haberla conocido de joven; respondiendo ante el sorprendido público que era mucho más viejo de lo que aparentaba, iniciándose así la leyenda de su supuesta vida eterna. Eterno o no, los documentos apuntan a que murió en la residencia del príncipe Carlos de Hesse-Cassel en 1784. No obstante, no faltarían rumores de quienes afirmarían haberle visto en tiempos posteriores con el mismo aspecto jovial y elegante que le caracterizaba, incluso ya bien entrado el siglo XX. La fama de su presunta inmortalidad llegó a gestar la anécdota de que asistió a las bodas de Caná, siendo un personaje recurrente de la literatura ocultista; quedando finalmente en el aire, como ya ocurrió con Flamel, si sobrevivió hasta nuestros tiempos.

Tras el auge del ars chimica de estos tres siglos vendría un rápido declive de la mano del nacimiento de la ciencia moderna; la personificación de este punto de inflexión la encontramos en la figura del universalmente conocido Sir Isaac Newton (1642-1727). Después de muchos siglos sin tener un apoyo teórico realmente sólido, el estudio de la naturaleza se encuentra con algo sin precedentes, el descubrimiento de relaciones matemáticas que permiten asociar la realidad física con el mundo abstracto de lo teórico. Por primera vez se nos revelan los mecanismos del universo en forma de relaciones lógicas, que nos permiten hacer descripciones y predicciones exactas del funcionamiento del cosmos. Las ciencias arcanas (alquimia, magia, astrología, cábala...) quedan rápidamente relegadas a un segundo plano, ante la asombrosa eficacia de la física, la química y las matemáticas como pilares del árbol del conocimiento. A pesar de que la revolución científica sería impulsada por los descubrimientos de Newton; el científico dedicó gran parte de su vida al estudio de la alquimia, llegando a escribir un volumen muy superior de trabajos de esta disciplina, que de óptica, física, matemáticas... o cualquier otro campo del conocimiento. Su pasión por la química divina era tal que llegó a padecer una intoxicación por mercurio, durante la cual cayó en una demencia pasajera de la que fueron víctimas algunos de sus conocidos, debido a la exposición a los nocivos vapores del pesado metal durante sus experimentos alquímicos.


A la física le seguirían el resto de ciencias modernas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Se funda así la química a raíz de los experimentos de Boyle (1627-1691) con los gases, los trabajos de Lavoisier (1743-1794) en la ley de conservación de la masa y la teoría calórica de transferencia de calor, entre otros. Nace la medicina moderna como consecuencia de la búsqueda de los mecanismos del cuerpo humano iniciada por Paracelso; Harvey descubre la criculación de la sangre en 1616, ya en el siglo XIX Pasteur realizaría grandes avances con sus estudios en microbiología. Paralelamente a los progresos de la química y la medicina aparece la recién creada química orgánica que abre un nuevo mundo de posibilidades... 

La alquimia pierde, inevitablemente, la autoridad en todos los campos ahora pertenecientes al ámbito científico y queda relegada a un sistema filosófico arcaico que poco tiene ya que ver con el mundo físico. Al igual que otros saberes arcanos, como la cábala o la astrología, queda alejada del mundo académico y su estudio se reduce a las sociedades esotéricas pertenecientes a movimientos como el rosacrucismo o la francmasonería. No pasó, sin embargo, desapercibida para el eminente psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung (1875-1961) quien, partiendo de la idea de que la alquimia era una completa ridiculez, dio un giro radical a su visión de la disciplina, al estudiar una traducción de un tratado alquímico chino del siglo XIII. Le llevó entre 10 y 15 años de arduo estudio hasta que alcanzó a comprender los significados encerrados en los crípticos textos de los alquimistas. Terminó considerándola una precursora de la psicología moderna constituyendo, por sí misma, un sistema psicológico arcaico, orientado a alcanzar la individualización, en cuya imaginería se hallaban claras referencias al mundo onírico y al subconsciente; siendo pues para el psiquiatra una base importante para su posterior teoría del inconsciente colectivo y los arquetipos.

El último gran alquimista del que se tiene constancia se hacía llamar Fulcanelli (¿1877?-¿1932?). No se conoce ningún detalle de la vida de este personaje, hay incluso quien piensa que tras su identidad podría haber un colectivo de alquimistas, lo cierto es que sólo conocemos el pseudónimo con el que firmaba sus obras. Al parecer viajó por Francia y España durante su búsqueda alquímica y, como ya hizo Saint Germain (quien se sospecha que pudo ser a su vez Fulcanelli), entabló amistad con personajes influyentes de su momento. Entre sus conocidos figuraba Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc, arquitecto francés quien compartió sus conocimientos sobre la arquitectura y el arte góticos con el misterioso Fulcanelli, quien logró desvelar los secretos alquímicos contenidos en las catedrales góticas francesas, publicando en 1929 "El misterio de las catedrales y la interpretación esotérica de los símbolos herméticos".

Jaques Bergier (ayudante de Louis de Broglie) sostiene que Fulcanelli, junto con otro alquimista, visitó a los principales físicos atómicos en el periodo de entreguerras; describiéndoles a grandes rasgos el funcionamiento de un reactor nuclear y advirtiéndoles, a su vez, sobre el peligro que esa nueva forma de energía entrañaba. El suceso pasó sin mayor atención hasta que, tras lograrse la primera reacción en cadena, se inició la búsqueda de sendos alquimistas, resultando infructuosa con Fulcanelli y terminando con la ejecución de su colega. Después de aquello los servicios de inteligencia se interesaron en la alquimia, al igual que se interesaban ya en otras vías poco convencionales para encontrar posibles aplicaciones útiles para la guerra.

En 2001 se publicó la que se considera la revelación final del trabajo alquímico, bajo el nombre de Finis Gloriae Mundi y la firma del mismísimo Fulcanelli. Si bien la mayoría considera que se trata de un fraude, el autor asegura la autenticidad de su identidad diciendo así: "No es costumbre que un adepto vuelva a coger la pluma después de haber franqueado la transmutación... abandonemos el manto de silencio con el que se cubre quien pasa por las ascuas del fénix". 

Hoy en día siguen existiendo practicantes del milenario arte de la transmutación y continúan trabajando sin descanso tratando de desvelar los misterios encerrados en los textos antiguos para, quizá, encontrar algo que la ciencia convencional, por si sola, no puede hallar. En cualquier caso los paralelismos entre los arcanos de la filosofía alquímica y la ciencia de vanguardia no distan tanto... La física nuclear nos muestra que la transmutación de un elemento a otro es posible y se produce constantemente en la naturaleza en los fenómenos de desintegración radiactiva. El ennoblecimiento de los metales se logró a mediados del siglo XX en los laboratorios, mediante el uso de procesos nucleares que permitían la creación de oro a partir de plomo; eran isotopos inestables, pero ya decían los padres del ars chimica que sin la paralela búsqueda espiritual, la transmutación no se podía realizar. Sabemos también que todas las sustancias de las que está compuesto el universo proceden de una cadena de reacciones de fusión nuclear que, partiendo del primer átomo de hidrógeno, forjó el resto de elementos en el corazón de las estrellas; siendo este mecanismo asombrosamente similar al que Empédocles describía partiendo también del fuego...

Mucho es lo que le debemos a la alquimia, se puede afirmar de forma inequívoca que es la madre de todas las ciencias. Sus técnicas y herramientas están en todos los laboratorios químicos del mundo, disfrutamos de medicamentos gracias a la ciencia hija de la espagiria y, en definitiva, tenemos la visión de un mundo que podemos conocer y dominar mediante el estudio, gracias a sus principios.

¿Lograron realmente los alquimistas encontrar la piedra filosofal? A pesar de pasar toda una vida expuestos a los peligrosos reactivos químicos y los dañinos vapores de los metales pesados, de las precarias condiciones de seguridad de sus laboratorios y las condiciones higiénicas de su época; la mayoría de ellos llegaron a ser considerablemente longevos alcanzando edades muy respetables que rondaban los 70, 80 o 90 años... La búsqueda de la inmortalidad sigue vigente ¿encontraremos algún día la manera? ¿nos toparemos quizá con Flamel, Saint Germain o Fulcanelli y nos serán revelados sus secretos? Puede que lo más prudente sea que dichos misterios nunca sean desvelados y que la naturaleza siga su curso pero... ¿renunciarías tú a la eterna juventud?