La inteligencia emocional, la llave de la felicidad

Conceptos previos
La Real Academia Española define la Inteligencia como la “capacidad de entender o comprender”, “capacidad de resolver problemas”, “conocimiento, comprensión, acto de entender” y “habilidad, destreza y experiencia”.

El Cociente Intelectual o Coeficiente Intelectual es la puntuación que se obtiene en los llamados test de inteligencia, que miden el nivel de inteligencia de una persona. El primer test de inteligencia fue el elaborado en 1904 por Alfred Binet y Thedore Simon, por un encargo que les realizó el Ministro de Educación de Francia.


Si la inteligencia es la capacidad para resolver problemas, lo lógico sería pensar que una persona con un alto cociente intelectual, sería la que más éxito tuviera en la vida, pues resolvería con eficacia todos los problemas a los que se enfrentara a lo largo de esta. Y si hay algo que a día de hoy tenemos claro es que la vida es un continuo fluir de pruebas que superar para crecer y evolucionar. Me refiero al término “éxito” en toda la extensión del mismo, pues el éxito no es lo mismo para todo el mundo. El éxito puede ser para alguien tener una próspera empresa que le dé muchos beneficios económicos. Para otra persona puede ser dedicarse a algo que le apasione. Y para otra persona puede ser tener una gran familia unida y feliz. Tantas definiciones del éxito como personas hay en el mundo. Por eso debemos elegir nuestra personal definición del éxito, para saber qué caminos elegir en la vida. En definitiva, el auto conocimiento. Ya lo dijo Sócrates en su famosa inscripción del templo de Delfos, dedicado al dios Apolo: “Conócete a ti mismo”..


Sin embargo, estudios realizados posteriormente han demostrado que una persona con un alto cociente intelectual no es la que más éxito tiene en la vida. Y que solo la inteligencia, en el sentido estricto de la palabra, no sirve para garantizar una vida feliz y próspera, en todas las áreas que componen la existencia de una persona. Todos conocemos a personas que son brillantes en su carrera profesional, pero cuyo punto flaco son las relaciones, personas habilidosas en un campo y que carecen de medios internos para desenvolverse con soltura en el mundo de las relaciones interpersonales. Y es que la vida también es un continuo fluir de relaciones. Y la primera relación que tenemos que sanar es muchas veces la que mantenemos con la persona más importante que debiera haber en el mundo para cada uno de nosotros: nosotros mismos.

En el año 1995, Daniel Goleman publica su famoso libro “Inteligencia Emocional”, sin embargo no fue el primero en hacer uso de este término. El primero uso del término “inteligencia emocional” sin embargo, se atribuye a Wayne Payne, en su tesis doctoral “Un estudio de las emociones: El desarrollo de la inteligencia emocional” (1985)

Dos años antes (1983), Howard Gardner, en su Teoría de las Inteligencias múltiples, ya habló de la necesidad de hablar de dos inteligencias: la interpersonal y la intrapersonal, siendo la inteligencia interpersonal la capacidad para comprender las motivaciones y deseos de los demás y la inteligencia intrapersonal, la capacidad para comprender los propios sentimientos.

En 1990, Peter Salovey y John Mayer vuelven a hablar del término “inteligencia emocional”, definiéndola como la capacidad de controlar y regular los sentimientos de uno mismo y de los demás y utilizarlos como guía en el pensamiento y en la acción.

Daniel Goleman, define la inteligencia emocional como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos con los demás y con nosotros mismos. Para Goleman, la Inteligencia Emocional puede organizarse en cinco capacidades que son:
  • Conocer las emociones y sentimientos.
  • Aprender a reconocer las emociones y los propios sentimientos.
  • Aprender a manejar  las emociones y los propios sentimientos.
  • Aprender a crear nuestras propias motivaciones.
  • Aprender a gestionar nuestras relaciones

Se habla de “reconocer”, “manejar” y “crear”. Primero es necesario  reconocer o identificar algo, para luego poder manejarlo y también crearlo. Si no se identifica algo, difícilmente vamos a poder manejarlo. Hay un gran desconocimiento de las emociones y muchas veces confundimos nuestros estados internos. Muchas personas se sienten tristes, cuando solo están asustadas. Muchas personas se creen preocupadas, cuando lo que se sienten es culpables.
De todas las capacidades que cita Daniel Goleman, las primeras cuatro están estrechamente relacionadas con nosotros mismos y con nuestras emociones y solo la última tiene relación con los demás.

Por lo que la primera conclusión importante es, por lo tanto, que el mayor esfuerzo que podemos hacer para relacionarnos emocionalmente con los demás de forma óptima, es relacionarnos primero con nosotros mismos y gestionar primero nuestras propias emociones.

La importancia de la inteligencia emocional
Podemos librarnos de algunas cosas si no nos gustan, pero jamás de nuestras emociones. Estas terminarán atrapándonos, por mucho que intentemos escapar de ellas o que las ignoremos y desgraciadamente, son muchas las personas que, desconocedoras de ese misterioso mundo que es el emocional, y sin saber qué hacer con sus emociones, escogen alguno de estos caminos: escapar de sus emociones o ignorarlas. Sin embargo, no existe una llave lo suficientemente poderosa que logre cerrar la puerta a las emociones. Su voz es tan fuerte que si nos negamos a escucharla, se hará oir dentro de nuestro cuerpo, dando origen a la enfermedad, que no es otra cosa que el intento desesperado de la emoción de ser escuchada y atendida.

Hoy en día son cada vez más las personas que están aceptando la idea de que la enfermedad tiene su origen en la mala gestión de las emociones y aunque no es este el propósito de este artículo, una gestión correcta de las emociones es indudable que nos otorga calidad de vida, pues convivimos con nuestras emociones cada día. Nos relacionamos con personas cada día que nos hacen sentir. Y realizamos actividades cada día que nos provocan sensaciones y sentimientos. Necesitamos incluso sentir determinadas emociones para abordar con éxito proyectos y tareas cotidianas. Hasta cuando nos quedamos solos en casa, nos quedamos con nosotros mismos y ni siquiera en esos instantes podemos evitar no sentir. Sentir emociones es, por lo tanto, algo inevitable, pues es algo intrínseco a la persona desde el mismo momento de su nacimiento.

Los niños son enviados al colegio para aprender conceptos académicos que les sirvan para labrarse un buen futuro y les otorgen una educación. Y aunque hoy en día son cada vez más los colegios que están haciendo esfuerzos por aplicar los conceptos de la inteligencia emocional, todavía siguen siendo insuficientes, pues todavía no hay suficiente conciencia de la gran importancia que tiene la gestión correcta de las emociones en la calidad de nuestra vida diaria y de cómo afecta a todas las áreas de esta: a todos nuestros proyectos y a todas las relaciones que entablamos y mantenemos en la vida, a nuestra salud y a nuestro cuerpo. A nuestra vida en definitiva, porque la inteligencia emocional es calidad de vida.

Muchas relaciones se destruyen por no saber gestionar una emoción o se convierten en relaciones tóxicas, donde las emociones destructivas son el denominador común que mantienen atados a ambos miembros y que ambos utilizan para destruirse mutuamente, en un vínculo tóxico que otorga muchas cosas excepto felicidad.
Muchos proyectos dejan de emprenderse o fracasan por no saber gestionar una emoción. O se emprenden proyectos que nada tienen que ver con el conocimiento profundo de nosotros mismos y no nos conducen tampoco a la felicidad.
Mejoremos por lo tanto nuestras vidas, tratando de conocer y manejar esos ríos internos que son las emociones.

Reconocer nuestras emociones
El primer paso para aplicar la inteligencia emocional en nuestras vidas es reconocer qué sentimos en cada momento. Para luego poder manejar esas emociones. Y para eso es necesario girar la atención consciente a nuestro interior y detenernos en esas corrientes emocionales que circulan dentro de nuestro cuerpo, pues la emoción se siente en el cuerpo, no en nuestra mente. Luego veremos que la mente crea la emoción, pero no la siente. La mente no siente, la mente piensa. Esa es su función. Solo cuando prestamos atención a nuestro cuerpo, podemos reconocer la emoción. Estamos muchas veces obsesionados por poner etiquetas a las cosas y a veces es muy difícil poner nombre a las emociones, pues a veces son una mezcla de varias de ellas. Por eso no tiene que preocuparnos excesivamente poner un nombre a nuestra emoción. Es muy útil a la hora de reconocer una emoción, recurrir a las metáforas. “Me siento como una hoja a la que arrastra el río y que no tiene fuerzas para resistir la corriente”, por ejemplo. Esto sirve para “disociarnos” de la emoción. Cuando me disocio de algo, lo identifico con más claridad. Ya no somos nosotros, somos la hoja que arrastra el río. Y a partir podemos dejar de sentirnos bloqueados a la hora de reconocer cómo nos sentimos.

Aceptar nuestras emociones
Si una pesona no acepta que tiene un problema con la bebida, no podrá pedir la ayuda necesaria para salir de ese problema, ni hará nada para solucionarlo. Lo mismo ocurre con las emociones. Si una persona no acepta que está triste, no podrá poner los medios necesarios para salir de esa tristeza y se limitará a negarla, a huir y escapar de ella. Lo que contribuirá a generar en su cuerpo eso que se llama “emociones atrapadas”, que son las que a la larga producen la enfermedad. La aceptación es siempre el primer paso hacia la sanación.

Entender sus mensajes
Las emociones son señales que nos transmiten una información. Si vamos por la carretera conduciendo y vemos una señal que indica peligro de derrumbamiento, ya obtenemos una información: tenemos que conducir con precaución. Si vemos otra señal que en cambio indica que hay una gasolinera próxima, tenemos una información totalmente distinta: sabemos que podemos detenernos a repostar o a descansar unos minutos. Lo mismo ocurre con las emociones: nos traen un mensaje y una información que podemos y debemos utilizar. Por eso lo más importante es tratar de entender por qué esa emoción ha aparecido en nuestras vidas y qué nos está tratando de decir en estos momentos concretos.

Mente y Emoción
La Inteligencia Emocional es la unión de dos conceptos: la mente y la emoción.
El principal objetivo de la inteligencia emocional es utilizar nuestras emociones en nuestro favor, de forma que se conviertan en “aliadas” en lugar de “enemigas”, de forma que nos hagan la vida más llevadera en lugar de hacer que se convierta en tortuosa.

Esto se hace manejando las emociones destructivas, para que no nos destruyan por dentro. Y creando emociones constructivas que hagan que nuestros días luzcan con brillantes colores.
El instrumento más poderoso que tenemos los seres humanos para conseguir esto es nuestra mente. Gracias a nuestra mente, tenemos la increíble capacidad de poder pensar. Y pensar no es dejar que la mente vague a sus anchas y nos lleve por donde desee. Pensar es dirigir la mente hacia donde nosotros queremos que vaya. Pensamiento constructivo, pensamiento direccionado, pensamiento positivo. En todo caso, un camino hacia un destino: felicidad.

Nuestra mente es nuestra principal aliada para “manejar” esa emoción. Manejamos correctamente una emoción cuando utilizamos nuestra capacidad de pensar para generar pensamientos constructivos que generen emociones constructivas.

Todos los pensamientos tienen consecuencias, crean realidades y tienen manifestaciones en nuestro cuerpo. Esas manifestaciones del pensamiento en el cuerpo son las emociones. Todo pensamiento produce una emoción. Pruébalo ahora mismo: piensa en la persona que más quieres en el mundo y presta atención a tu interior. ¿A que eso que sientes te gusta? Piensa ahora en una persona con la que tengas algún conflicto: ¿A que tus sensaciones son distintas? Los pensamientos producen emociones.
Puesto que podemos elegir qué pensar en cualquier momento, tenemos la asombrosa capacidad de poder elegir la emoción adecuada en el momento adecuado.

Así pues, si queremos podemos elegir nuestras emociones, cambiando nuestros pensamientos.
Y digo “si queremos”, porque es tremendamente difícil controlar nuestros pensamientos, pues desgraciadamente nuestra mente parece mandar sobre nosotros la mayor parte del tiempo en lugar de ser al revés. Pero también es tremendamente ventajoso controlar nuestros pensamientos, pues encauzarlos hacia nuestros objetivos y hacia unas emociones adecuadas a los mismos, sea en el área que sea, nos otorga la gran clave para alcanzar nuestros sueños y la felicidad.

La emoción es la brújula, la señal que emite nuestro cuerpo para indicarnos que estoy teniendo pensamientos que me están haciendo daño. Ser consciente de esos pensamientos es un paso importante. Ese diálogo interno que solemos mantener constantemente puede convertir nuestra vida en un infierno y si no lo detenemos y cambiamos el discurso, podemos convertirnos en nuestros peores enemigos. Sin embargo también podemos convertirnos en nuestros mejores amigos, cambiando nuestro diálogo interno y las “lindas” cosas que nos decimos. Creando pensamientos constructivos que creen a su vez emociones constructivas.
Porque tu mente es un poderoso instrumento que puede convertir tu vida en un palacio o en una pocilga. Y tú eres el único que sostiene la varita mágica. Utilízalo en tu beneficio y el de los demás, para brillar por dentro y extender tu luz donde quiera que vayas.

Ana Belén Balsas Clavería
Coach Personal y Experta en Programación Neurolingüística e Inteligencia Emocional